viernes, 3 de octubre de 2014
Wake me up (when September ends)
El chiste está demasiado gastado, pero tiene su parte de verdad. En los medios se habla mucho de la astenia primaveral, pero ¿quién habla de la desgana que inunda universidades, institutos y oficinas en octubre? Los desequilibrios de los cambios de estación son relevantes aquí; hay gente a la que quizá no les afecten tanto, pero yo estuve una semana entera inutilizada cual bombilla con filamento roto solamente por culpa de los cambios de presión diarios.
De pronto, el submarinismo no me atrae tanto.
Empieza octubre y todos necesitamos una sacudida; vuestros profesores de universidad de ilusión olvidada y discurso soporífero, la UNED que no me quiere contestar los mensajes con dudas, mi hermano el que no ha abandonado aún su ciclo de sueño veraniego, mi perro que no da abasto con tanto paseo en coche, Back Seat Magazine, que entró en hiatus casi el mismo día que salió, y vosotros mismos.
Al menos, yo he tenido una buena justificación para mi ausencia. Quitando el hecho de que siempre estoy ocupada por esa maldita manía de, en palabras maternas, “pisar todos los charquitos” (apropiada metáfora), he estado luchando mano a mano contra mi enclenque sistema inmunológico para poder traeros algo interesante que leer con cierta regularidad. Tras una larga batalla, alcanzamos un acuerdo al decidir que bien podía escribir un artículo sobre la siesta.
Teniendo en cuenta que esto es España (imagen mental de Rajoy dando la mítica patada), en un principio podría parecer que no hay mucho que contar. Símbolos españoles hay no pocos, pero la siesta sin duda ocupa un lugar primordial. ¡Mi profesor nativo de inglés llamó a su gato Siesta! Los del norte acusan de pereza hasta que tienen la ocasión de vivir el sopor en todo su esplendor, como yo este verano. Los del sur la alaban, la viven, porque la necesitan cuando el calor asola Córdoba o, los dioses no lo quieran, llega esa maravillosa ola anual de calor africano a cubrir media península.
Algunos más que otros, todos hemos tenido días de overbooking que nos tienen pidiendo piedad a las cuatro de la tarde, o peor, días vagos de los que hacen imposible completar hasta la tarea más boba. Se sabe que si se come ligero a mediodía (hábito poco extendido, no hace falta que nos lo aseguren) el cuerpo no invierte tanta energía en la digestión como para dejarnos en estado vegetal, pero a veces simplemente NO SE PUEDE.
Nunca he sido fan de las siestas. Me hacían sentir peor, más agotada, y completamente incapaz de hacer aquello para lo que la siesta iba a restituirme, ya fuera estudiar, escribir o cualquier cosa que exigiera más trabajo que mirar la televisión. Este septiembre me rendí, y me despojé de mis armaduras. Si tanta gente necesita hacer la siesta, es que por fuerza tienen que ser provechosas. No me costó creerme la hipótesis de ser demasiado gilipollas hasta para saber dormir bien una siesta, así que me dediqué a investigar y puedo decir que, al fin, he derribado la muralla que me mantenía alejada de la auténtica sabiduría siestil, y, aunque sigo sin adorarla fervientemente (porque detesto perder tiempo), si necesito una, puedo al fin recibirla con los brazos abiertos, segura de que será para mi beneficio y nada más.
Es sabido que las siestas demasiado largas desequilibran el llamado reloj interno y, si se toman con frecuencia, destrozan el horario de sueño y el organismo. Pero, ¿qué significa “demasiado largo” cuando hablamos de siestas? Perfeccionista como soy, no me sirve que me digan “un rato bueno”, como me dijeron en el bus a Córdoba. La relajada Andalucía no está hecha para mí. Entonces, ¿qué duración debe tener una siesta, exactamente?
Hay varias respuestas. La más corta, en teoría, dura de diez a quince minutos. La he probado, constatando que soy incapaz de quedarme dormida en menos de veinte minutos bajo ninguna circunstancia, pero tumbarme a oscuras en un colchón en calma, pese a no darme el sueño necesitado, me relajó lo suficiente para poder volver al trabajo. A veces.
La NASA disfruta las intrigas cotidianas tanto como yo, así que, en un estudio que tiene mi edad más o menos, concluyeron que la siesta ideal para poder seguir trabajando eficientemente debe durar unos 24-26 minutos. Cálculos de ellos, a saber. A mí me funciona.
Lo que sí que no debes dormir nunca son 30 minutos. Es mortal. No literalmente, pero aquí estaba mi gran error; despertar en plena fase de transición te fastidia, ni más ni menos. Como dejar un polvo a la mitad, más o menos. Si quieres dormir más que los astronautas, duerme 90 minutos. Esta es la duración de un ciclo completo de sueño. Los ciclos completos son el bien; se dice que el sueño nocturno resulta reparador si se mide en períodos de 90 minutos para no interrumpir ningún ciclo, y todas las veces que dormí 90 minutos desperté relajada, bastante descansada y lista para volver a (intentar) trabajar. Los 90 minutos tienen mi bendición.
Como me sacrifico mucho por mis lectores, estoy considerando hacer a continuación un análisis personal con observaciones completamente objetivas y desinteresadas sobre la adicción al azúcar. Al helado de nube de Mercadona, en concreto. ¿Apoyáis mi justa causa?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario